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El tiempo detenido por el cronómetro perfecto no pertenece al día o la noche, sino a la matemática de la exactitud. A la belleza del espacio que define, que nos envuelve y nos convierte en algo eterno. El tiempo nos posee y el diamante se posa sobre nuestra piel para hacernos poderosamente libres. Nos pertenece y nos otorga edades lejanas y extrañas, colores de desiertos desconocidos como las perlas nos salpican de mares exóticos.
Muchas joyas no son nada, pero... no hablamos de cantidad de colgantes en el cuello, anillos en los dedos ni brillantes en el pelo. Muchas joyas no son nada porque son vulgares piedras, cuentas de vidrio inanimado, metales deformados y sucios. Las joyas son patitos feos, Cenicientas de cuento o princesas hechizadas. Hará falta la magia de los grandes encantamientos para tallar los zafiros y rubíes... obtener por alquimia los diamantes, cubrir los budas de papel de oro y por fin convertir lo que nos da la Tierra en material precioso semejante a todas las demás obras de arte, porque las joyas se pintan, se esculpen, se cantan, se exponen, se regalan, se comen, te visten y te desnudan convirtiendote en Víctima de las Joyas. Pero una de sus esencias más hermosas es que puede sobrevivirnos para pertenecer, quizá, a quien pueda recordarnos con esa joya. |